lunes, 4 de agosto de 2014

Confesiones impopulares (XIV)

No ve voy a andar con rodeos: no me gusta el verano. Y por verano entiéndase esa obsesión generalizada por ir a la playa, a la piscina, o ponerse moreno. Especialmente esta última.


No me gusta el calor. No lo llevo bien. Me pone de mala leche levantarme y que haga calor; salir de la ducha y al momento estar sudando; salir a la calle y que parezca que me he metido en un horno encendido. Sí, reconozco que está bien eso de salir de trabajar a las 7 de la tarde y que aún sea de día, pero poco más. No soy una de esas personas que está deseando que llegue el verano para pasarse horas tirada en una toalla al sol esperando ponerse morena, ni que planea sus vacaciones con el único objetivo de estar una semana no haciendo nada más que pasar horas entre arena, olas y brisa.

Mis vacaciones distan mucho de ser así. Prefiero pasar una semana pateando las calles de una ciudad en la que no he estado nunca que tener que pegarme por plantar la sombrilla en el mejor sitio de la playa. Y no, no me veréis nunca esperar a que llegue el verano y con él los rayos de sol para salir y torrarme. No. Me gusta mi tono palidurrio y no tengo ningún problema con él. En el fondo cumplo una labor social: me mantengo blanquísima para que la gente a la que le gusta ponerse morena y no lo consigue mucho, sí lo esté cuando se comparan conmigo. Yo no he tenido que pasar horas al sol, vuelta y vuelta. Y ellos, tan contentos con su morenito.

Pero bueno. Para gustos, colores. A quien le guste el verano de sol y playa, genial. Y a quien, como a mí, no les apasione en absoluto, perfecto. Lo que sí sé es que este año le estoy encontrando algo de encanto al verano. Pero creo que todo es porque es mi primer verano con vida laboral y tengo el mes enterito para disfrutarlo.

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