viernes, 25 de abril de 2014

Vocaciones perdidas



Cuando era pequeña quería ser profesora. De inglés. Me gustaba enseñar sobre cualquier asignatura (de letras), pero con el inglés me lo pasaba pipa. Pasaba horas y horas amontonando a mis muñecos y peluches en la cama, escribiendo sus nombres en un cuaderno, pasando lista, explicándoles les lecciones con mi pizarra, poniéndoles deberes… Volvía del colegio y antes de comer era lo que hacía: encerrarme en mi habitación y explicar la lección que tocaba. ¡Y todos aprobaban siempre! Así de buena profesora era. Con semejantes aficiones, todo apuntaba a que lo mío era estudiar magisterio, hacer oposiciones y convertirme en profesora… Pero no.


Llegó un momento en el que seguir hablando sola, o a un montón de muñecos, se empezaba a volver algo raro. Así que dejé la docencia. Con este abandono llegaron nuevas aficiones, aunque tampoco se alejaban demasiado de la anterior. Los diccionarios siguieron estando presentes en mi vida. Dejé de usarlos para dar clase para emplearlos en traducir las canciones que más me gustaban. Ya no había alumnos sino frases que pasaban de un idioma a otro. Y, de nuevo, me lo pasaba pipa. Me encantaba no solo entender mejor esa canción que cantaba en modo “guapuchei” y poder cantarla bien, pero me gusta aún más escribirla de forma que las oraciones en el nuevo idioma estuvieran ver escritas, darle una y otra vuelta hasta que sonaran como si no fueran una traducción (¿¡qué!? Cada uno se entretiene como quiere…). Y entonces, lo más normal, era que estudiara traducción.

Pasaron los años y se acercaba el momento clave: la universidad. Y, como la última afición seguía, intenté, sin éxito hacer traducción. La alternativa, he de decir, me gustó bastante: hacer filología inglesa. Un culo inquieto como yo necesitaba asignaturas variadas, no solo relacionadas con la traducción, así que he de decir que el plan B no estuvo tan mal. Acabada la carrera, seguía con el objetivo en mente: ser traductora. Y en esas estamos. Traduzco, no tanto como me gustaría, y sigo queriendo dedicarme únicamente a esto, pero mientras tanto… otro plan B en mi vida.

Hace unos meses me surgió la oportunidad de trabajar en algo relacionado con la docencia. Sí, aquella afición infantil que tenía abandonada y ya que no me entusiasma para que se convierta en el trabajo de mi vida. Estando como están las cosas no podía dejar escapar la oportunidad, aunque no fuese lo que estoy esperando, aunque las condiciones no sean las mejores, aunque haya días que me vaya a casa agotada y hecha una mierda por no sentir que se valora mi trabajo…

No podía dejar pasar la oportunidad de ver que esa afición infantil puedo llevarla a cabo con personas de verdad, con alumnos que quiere aprender, con alumnos que tiene dudas reales y no las que yo misma imagino, con alumnos que quieren aprobar… Pero lo más importante: con personas que valoran el esfuerzo que haces por explicarles esas partes del temario que no entienden y que te escriben emails dándote las gracias porque ahora, con tus explicaciones, lo han entendido todo. Con personas que te llaman por teléfono porque creen que tú puedes solucionarles el problema que tienen en ese momento. Con personas que te dan las gracias por estar con ellos durante los meses que dura su curso. Con personas que rellenan formularios diciendo que lo mejor que ha tenido el curso ha sido su tutora. Con personas que te agradecen el haber estado ahí y te felicitan por el entusiasmo que transmites.

Y entonces, ese día, te olvidas de que tienes montones de trabajo que hacer. Te olvidas de las veces que no te sientes valorado. Te olvidas de que ese no es, ni de lejos, el trabajo de tu vida. Y, aunque sigues esperando esa oportunidad para hacer realidad tu sueño, te consuelas pensando que, por ahora, el plan B, vuelve a tener su parte positiva.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada